← Volver al inicio

Silenced

Llega desde Seúl a este internado para niños con discapacidad auditiva para dar una clase de arte, y termina escuchando en el baño de niñas un grito que nadie de esa edad debería dar jamás: resumen completo de la trama de Silenced, la película surcoreana de 2011 basada en los hechos reales del «caso de la Escuela Inhwa de Gwangju», desde la primera vez que el protagonista abre la puerta del despacho del director hasta la lluvia final bajo los cañones de agua, con el retrato en alto.

Título

Silenced

도가니

También conocida como: Do-ga-ni (España)

Año / Duración

2011 · 125 minutos

Género

Drama / Crimen

Dirección

Hwang Dong-hyuk

Guion

Hwang Dong-hyuk

Calificación

Reparto

Gong Yoo (como Kang In-ho), Jung Yu-mi (como Seo Yoo-jin), Kim Hyeon-soo (como Kim Yeon-doo), Jang Gwang (como el director Lee Kang-seok y el administrador Lee Kang-bok), Kim Ji-Yeong (como la madre de In-ho)

Obra original

Basada en la novela homónima que Ji-young Gong publicó en 2009, conocida internacionalmente como The Crucible (inspirada en el caso real de abusos sexuales cometidos entre 2000 y 2005 en la Escuela Inhwa para sordos de Gwangju, Corea del Sur)

Premios

Nominada a mejor película en la 48.ª edición de los Premios Baeksang de las Artes; impulsó la aprobación en 2011 de la «Ley Dogani» (도가니법) en Corea del Sur, que abolió la prescripción de los delitos sexuales contra menores

Silenced
Fotograma de Silenced Fotograma de Silenced Fotograma de Silenced Fotograma de Silenced Fotograma de Silenced
Aviso de spoilers: Lo que sigue cuenta la trama completa, los giros clave y el final. Puedes saltar por capítulos a la parte que quieras recordar.

Silenced (도가니) es el segundo largometraje del director surcoreano Hwang Dong-hyuk, estrenado en 2011. Una década más tarde, este director se volvería mundialmente conocido gracias a El juego del calamar, pero su verdadero golpe de efecto fue esta película de 125 minutos, basada en el caso real de abusos sexuales cometidos en la Escuela Inhwa para sordos de Gwangju, Corea del Sur, entre 2000 y 2005. Está basada en la novela homónima que la escritora Ji-young Gong publicó en 2009. Tras su estreno en Corea del Sur el 22 de septiembre de 2011, la película sacudió a toda la sociedad, y en apenas tres meses la Asamblea Nacional aprobó una reforma de la Ley Especial sobre el Castigo de los Delitos Sexuales, conocida popularmente como la «Ley Dogani» (도가니법), que abolió por completo la prescripción de los delitos sexuales contra menores y personas con discapacidad. Es el caso más célebre del siglo XXI en el que una película surcoreana terminó reescribiendo la ley del país.

El pueblo envuelto en niebla

La historia arranca en un autobús de larga distancia que viaja de madrugada hacia Mujin, una ciudad ficticia de la provincia de Jeolla del Norte inspirada en Gwangju. Kang In-ho (Gong Yoo) es un profesor de arte de Seúl de poco más de treinta años, a quien la vida acaba de arrinconar: su esposa ha muerto, su madre tiene la salud delicada y su hija sufre una grave enfermedad pulmonar que requiere medicación constante. A través de un amigo, paga 50 millones de wones como «cuota de patrocinio» y consigue una plaza temporal de profesor de arte en la Academia Jaae para sordos de Mujin (자애학원).

La tarde en que llega en coche a la puerta de la escuela, la niebla es tan densa que apenas se ve lo que hay delante. Es una niebla deliberada: la de Mujin recorre toda la película como una cortina espesa, a la que todos ya se han acostumbrado, que impide ver la verdad.

Junto a la entrada hay una pequeña capilla: la escuela es un centro privado cristiano de educación especial, dirigido por dos hermanos gemelos casi idénticos, el director Lee Kang-seok y el administrador Lee Kang-bok (ambos interpretados por Jang Gwang, que pasa de uno a otro cambiando de aspecto). De cara a la comunidad, siempre están en la iglesia del pueblo asistiendo a misa, haciendo donativos y recibiendo premios: son los «modelos de virtud» reconocidos de Mujin.

Fotograma de Silenced

El primer día de In-ho en la escuela, el director lo recibe en persona y le dice, con calma y una sonrisa amable, que los niños de allí son muy especiales, y que tanto enseñarles arte como enseñarles lengua de signos será un gran mérito si logra que alguno de ellos diga una sola palabra a un extraño. En ese momento, In-ho piensa que ha tenido mucha suerte.

La primera señal de alarma

En su clase hay varios niños que llaman especialmente la atención de In-ho. La que más le preocupa es una niña sorda de 13 años, Kim Yeon-doo, menuda, de mirada alerta, siempre encogida en el rincón del último pupitre. No levanta la vista para mirar al profesor y, mucho menos, deja que nadie se le acerque.

La primera vez que In-ho reparte caramelos en clase, todos los niños extienden la mano, excepto Yeon-doo, que mantiene las suyas fuertemente apretadas entre las rodillas. Él se fija en que tiene en la frente una cicatriz reciente, todavía con costra, bien visible.

Fotograma de Silenced

Intenta preguntarle en lengua de signos qué le pasó en la frente. Yeon-doo no dice nada. Ese mismo día, al terminar las clases, In-ho oye desde el pasillo, junto al baño de profesores, un grito que sale del baño de niñas y que no parece humano.

Entra corriendo: no es el ruido de niños jugando. In-ho empuja con fuerza la última puerta cerrada y, al otro lado, encuentra a una profesora sujetando la cabeza de Yeon-doo y hundiéndosela en un lavabo lleno de agua. La profesora se vuelve al verlo, sin el menor rastro de nerviosismo, y le dice fríamente que esa niña siempre miente y que solo la está disciplinando.

Es la primera vez que In-ho siente que algo va mal en esta escuela, pero no se atreve a decir nada. Apenas lleva una semana: la muerte de su esposa, las medicinas de su hija, los 50 millones que pagó de cuota de patrocinio… no puede permitirse perder este trabajo.

Esa noche, de camino a su habitación en la residencia, In-ho oye, desde algún rincón del edificio, el llanto de otro niño que hunde la cara en la almohada con todas sus fuerzas para ahogar el sonido.

Tres niños

Durante varias semanas, In-ho da sus clases mientras va ganándose poco a poco la confianza de los niños. Con caramelos, cuentos ilustrados y una lengua de signos todavía torpe, consigue que un grupo de niños a los que les han hecho creer que «nadie de fuera los quiere» empiece a confiar en él, un extraño.

La primera en abrirse con él es Kim Yeon-doo. En la clase de arte de In-ho, dibuja una casa negra con humo saliendo del tejado, y dentro, una niña tumbada boca abajo con la cabeza atada. Con señas, le cuenta a In-ho que el director va todos los días por la noche, la agarra del pelo y le hunde la cabeza en el lavabo.

In-ho no dice nada en ese momento; conteniendo las lágrimas, le pregunta si hay otros niños. Yeon-doo asiente y deletrea en señas tres nombres: ella misma, Yoo-ri (una niña de 9 años) y Jeon Min-soo (un niño de 13 años).

La historia de Min-soo es todavía más oscura. Su hermano pequeño también era alumno de la escuela. Años atrás, el profesor de educación física, Park Bo-hyun, se lo llevó al cuarto de la lavandería y lo metió a la fuerza dentro de una lavadora industrial en marcha: el niño murió despedazado. La escuela contó hacia afuera que «el niño era travieso y se cayó él solo». Min-soo lo presenció todo, pero, al ser sordo y haber sido amenazado con que su madre también «desaparecería» si hablaba, no se atrevió a contárselo a nadie desde entonces.

Después de escuchar todo esto, In-ho pasa la noche entera sin dormir, sentado en su pequeña habitación.

Fotograma de Silenced

Pedir ayuda

A la mañana siguiente, In-ho toma una decisión: tiene que contarle esto a alguien de fuera. Busca en internet organizaciones de derechos humanos en Mujin y encuentra la oficina regional del Movimiento por los Derechos Humanos, una pequeña entidad de solo tres personas.

En la oficina lo recibe una joven de gafas y pelo rizado, con aire discreto: Seo Yoo-jin (Jung Yu-mi), una activista de derechos humanos que se graduó en Derecho por la Universidad Nacional de Seúl y renunció a ejercer como abogada para trabajar como voluntaria en Mujin. La primera vez que In-ho entra en su oficina, le cuenta con todo detalle lo que les ha pasado a Yeon-doo, Yoo-ri y Min-soo.

A Yoo-jin le cuesta creerlo, pero confía en In-ho. Le dice que, si todo esto es cierto, no se trata de un caso aislado, sino de un crimen organizado y sistemático, sostenido durante años, contra un grupo de niños que son los menos capaces de hacerse oír.

Queda con In-ho para volver a verse dos semanas después, mientras empieza a movilizar todos los recursos de derechos humanos a su alcance para ayudar a los niños a preparar sus testimonios. In-ho, por su parte, sigue en la escuela fingiendo no saber nada mientras reúne pruebas en secreto.

Durante este tiempo, In-ho hace dos cosas. Primero, graba con una grabadora la frase que el director Lee Kang-seok le dice en su despacho, dándole una palmada en el hombro: «esto se resuelve entre los nuestros». Segundo, lleva a Yeon-doo al hospital a hacerse una revisión ginecológica, y el informe médico confirma que la niña, de 13 años, ha sido agredida sexualmente de forma repetida durante más de dos años.

El rostro del director

El momento más difícil de olvidar de la película es aquel en el que In-ho presencia con sus propios ojos el momento en que Lee Kang-seok comete la agresión.

Esa noche, In-ho recibe una nota que Yeon-doo le escribe en el recinto de la escuela, avisándole de que el director volverá esa noche. Se esconde en un rincón del pasillo, junto al despacho, y espera hasta las once de la noche, cuando ve con sus propios ojos cómo Lee Kang-seok abre la puerta de su despacho, arrastra a Yeon-doo dentro y cierra la puerta.

Conteniendo la respiración, In-ho rodea el edificio hasta llegar a la pequeña ventana trasera del despacho y, por una rendija de la persiana, ve con sus propios ojos cómo ese hombre al que todo el pueblo llama «modelo de la educación» y «anciano de la iglesia» somete sobre su propio escritorio a una niña sorda de 13 años.

Fotograma de Silenced

In-ho, temblando, toma fotografías en el acto con un pequeño teléfono plegable de 2008; le tiemblan tanto las manos que casi no logra enfocar. A la mañana siguiente, entrega las fotos directamente a Seo Yoo-jin.

La denuncia

Yoo-jin lleva a In-ho, Yeon-doo, Min-soo y Yoo-ri a la comisaría de Mujin para prestar declaración.

El jefe de la policía de Mujin lleva más de una década jugando al golf con el director. El fiscal es anciano de la misma iglesia que el hermano del director. El jefe de la oficina de educación lleva años recibiendo su «cuota de patrocinio» anual. Todos los funcionarios relevantes de Mujin forman, desde hace tiempo, una red de intereses sólidamente entrelazada con los dos hermanos.

Al principio, la policía se niega a abrir el caso, alegando que el testimonio de niños sordos no es fiable. Solo después de que Yoo-jin envíe esa misma noche un informe a organizaciones nacionales de derechos humanos en Seúl y la noticia llegue a varios periódicos de la capital, la policía local se ve obligada a admitir la denuncia.

Lee Kang-seok pasa solo tres horas en comisaría antes de que un reconocido abogado local de Mujin consiga su liberación en el acto. Ese abogado es un juez que se acaba de jubilar el mes anterior en el Tribunal de Distrito de Gwangju. Su sola presencia introduce un concepto del sistema legal surcoreano que resulta incomprensible para cualquier extranjero.

El «privilegio de los antiguos funcionarios»

En el mundo legal surcoreano existe una regla no escrita, pero de sobra conocida, llamada «privilegio de los antiguos funcionarios» (전관예우, jeon-gwan ye-u): cuando un juez, un fiscal o un jefe de policía se jubila y pasa a ejercer como abogado, sus antiguos colegas, los jueces y fiscales que siguen en activo, tienden por instinto a concederle grandes ventajas en los casos que representa ese «antiguo compañero». Es la práctica «estándar» que usan todas las grandes empresas surcoreanas en sus litigios: pagar una fortuna por contratar como abogado a un funcionario recién jubilado.

El director contrata precisamente a ese perfil: el abogado Hwang, expresidente de la sala penal del Tribunal de Distrito de Gwangju, jubilado apenas un mes antes.

A lo largo de todo el juicio, In-ho y Yoo-jin se enfrentan, con todas sus fuerzas, a todo el sistema judicial surcoreano.

En la sala, el abogado Hwang presiona una y otra vez con argumentos como que «el testimonio de niños sordos no es creíble», que «el informe del hospital pudo haber sido manipulado» o que «el acusado es un modelo de la educación, incapaz de cometer algo así». In-ho, Yoo-jin y los niños presentan siete recursos fuera de la sala y comparecen catorce veces ante el tribunal; los niños tienen que repetir una y otra vez, ante adultos desconocidos, los detalles de las violaciones que sufrieron.

Durante este tiempo, la Academia Jaae despide a In-ho por «ausentarse sin justificación y dañar el prestigio de la escuela»: se queda sin sueldo, sin dinero para las medicinas de su hija, y su madre lo llama todos los días llorando. Él y Yoo-jin viven juntos en un apartamento de alquiler barato, compartiendo el mismo vaso de fideos instantáneos y las mismas hojas impresas.

La sentencia

Llega el día del veredicto. El juez que preside la sala parece un hombre íntegro, de casi 60 años y larga trayectoria, pero justo antes de dictar sentencia recibe personalmente un «pequeño regalo» de manos del abogado Hwang.

Se lee la sentencia: el director Lee Kang-seok, culpable de siete cargos de agresión sexual a menores, condenado a 8 meses de prisión con 2 años de suspensión de condena, puesto en libertad en la propia sala. El administrador Lee Kang-bok, culpable de cinco cargos de agresión sexual a menores, condenado a 6 meses de prisión con 2 años de suspensión, también liberado en el acto. El profesor de educación física Park Bo-hyun, culpable de lesiones con resultado de muerte, condenado a 6 meses de prisión con 1 año de suspensión, liberado igualmente.

En toda la sala, los niños y quienes los apoyan quedan sin aliento ante la sentencia.

Fuera del tribunal, los dos hermanos, Park Bo-hyun y el abogado Hwang descorchan una botella de champán y celebran en una cafetería de la calle. Levantan las copas frente a la ventana para hacerse una foto, una imagen que al día siguiente circula por todo Mujin.

In-ho y Yoo-jin se sientan en los escalones de la acera, frente a esa misma cafetería, sosteniendo a Yeon-doo, Min-soo y Yoo-ri, con los ojos enrojecidos de llorar. Es la primera vez en toda la película que In-ho rompe a llorar de verdad.

Min-soo

El tramo final de la película es su clímax más despiadado.

Después de la sentencia, Min-soo —13 años, sordo, testigo de la muerte de su hermano pequeño en la lavadora, y víctima durante años de las agresiones sexuales del mismo Park Bo-hyun— no llora, no estalla de rabia, no muestra ninguna emoción visible. Sencillamente, saca en silencio un cuchillo de fruta del cajón de la cocina de su casa y lo esconde en el bolsillo de la camisa del uniforme escolar.

Esa tarde, Park Bo-hyun camina solo de vuelta a casa por un callejón junto a la estación de tren. Min-soo aparece por el otro extremo; Park no lo reconoce al principio, pero cuando lo hace, se abalanza sobre él con intención de agredirlo de nuevo.

Min-soo se lanza contra él y le clava el cuchillo en el pecho. Park cae, todavía con vida, y agarra a Min-soo por el cuello de la camisa. Los dos forcejean y ruedan hasta las vías, justo cuando un tren se aproxima a toda velocidad a la estación. Los dos, el profesor que abusó de él y el niño cuya vida quedó destruida, mueren juntos bajo las ruedas del tren.

Los cañones de agua bajo la lluvia

El funeral de Min-soo se celebra en una colina a las afueras del pueblo. In-ho y Yoo-jin alzan su retrato y avanzan hasta la plaza frente al ayuntamiento de Mujin.

En la plaza se reúnen miles de voluntarios, activistas de derechos humanos y periodistas llegados desde Seúl en solidaridad, con pancartas que piden «justicia para los niños de Mujin». Desde el ayuntamiento, la policía despliega tres camiones lanzaaguas. Los chorros de agua a presión, de 15 centímetros de diámetro, arremeten contra la multitud que sostiene el retrato en alto.

In-ho sostiene el retrato de Min-soo con las dos manos, bien alto por encima de la cabeza, y deja que el chorro de agua lo golpee de lleno. Cae al suelo, se levanta, vuelve a caer, vuelve a levantarse: se niega a bajar el rostro de Min-soo.

Fotograma de Silenced

El final

La escena cambia a un hospital de Seúl, donde In-ho abraza a su hija, recién operada de los pulmones. Ella le dice que está empapado. Con la voz quebrada, él responde que afuera está lloviendo.

Un rótulo final explica: los hechos reales ocurridos entre 2005 y 2011 en la Escuela Inhwa para Sordos de Gwangju, Corea del Sur, volvieron a captar la atención de todo el país gracias al estreno de esta película. El 17 de noviembre de 2011, la Asamblea Nacional de Corea del Sur aprobó una reforma de la Ley Especial sobre el Castigo de los Delitos Sexuales, conocida popularmente como la «Ley Dogani», que abolió por completo la prescripción de los delitos sexuales contra menores y personas con discapacidad. La Escuela Inhwa fue clausurada de forma permanente en marzo de 2012.

La última imagen de la película es la despedida de In-ho y Seo Yoo-jin frente a la oficina de correos, antes de que él recoja sus cosas y regrese a Seúl. Yoo-jin le entrega un sobre y le dice que lo escribieron entre Yeon-doo, Yoo-ri y los demás niños. In-ho lo abre en el autobús de larga distancia: dentro solo hay un dibujo, hecho por los tres niños con gruesos trazos de colores, de una casa nueva. En esa casa nueva no hay humo negro ni ninguna niña con la cabeza atada; solo un día soleado, un árbol y tres niños sonriendo de oreja a oreja, mirando de frente a quien los observa.

Mientras In-ho contempla el dibujo, se escucha fuera de campo la frase más recordada de toda la película: luchamos, no para cambiar el mundo, sino para que el mundo no nos cambie a nosotros.