Kawapperi Mukolitta
La lección de vida y muerte en un edificio junto al río: la historia completa de la película japonesa Kawapperi Mukolitta, sobre un joven recién salido de prisión que se muda a un edificio de renta baja a orillas de un río y, junto a sus excéntricos vecinos, aprende a enfrentar la muerte y la soledad en medio de la vida cotidiana.
Título
Kawapperi Mukolitta
Año / Duración
2021 · 120 minutos
Género
Drama / Familia
Dirección
Naoko Ogigami
Guion
Naoko Ogigami
Calificación
Reparto
Ken'ichi Matsuyama, Tsuyoshi Muro, Hikari Mitsushima, Hidetaka Yoshioka, Misako Tanaka, Noriko Eguchi, Tasuku Emoto
Obra original
Basada en la novela homónima de Naoko Ogigami (publicada en 2019)
El edificio de renta baja junto al río
Yamada (interpretado por Ken’ichi Matsuyama) es un joven con antecedentes por fraude que, tras cumplir su condena, es enviado a trabajar a un pueblo apartado de la región de Hokuriku. La fábrica produce shiokara, un alimento tradicional a base de vísceras de calamar en salmuera; el trabajo es simple y repetitivo. Por recomendación del dueño de la fábrica, Yamada se muda al «edificio Mukolitta», un viejo edificio de renta baja junto al río con cincuenta años de historia.
La dueña del edificio es Shiori Minami (interpretada por Hikari Mitsushima), una joven viuda que cría sola a su pequeña hija, Kayo, y que se ha encargado de este viejo edificio desde la muerte de su esposo. Shiori siempre sonríe con calidez, aunque de vez en cuando deja entrever la nostalgia por el marido que perdió. Cuando Yamada se muda, ella solo le explica el alquiler y las normas, sin preguntarle nada sobre su pasado.
Yamada solo quiere vivir en paz, sin cruzar caminos con nadie. Cada día va al trabajo, vuelve a casa y duerme, encerrado en una rutina silenciosa.

El vecino que se invita solo
Junto a Yamada vive Shimada (interpretado por Tsuyoshi Muro), un hombre de mediana edad tan alegre que roza el descaro. Shimada no tiene un trabajo formal: pasa el día cultivando verduras en el patio y se autodenomina «minimalista». Como el baño de su casa está roto, se toma como algo natural venir a usar la tina de Yamada, y también entra sin avisar a comer en su casa con frecuencia.
Al principio, Yamada se resiste con fuerza a este hombre que no respeta ningún límite. Pero a Shimada no le importa: aparece en la puerta con pepinos que él mismo cultivó y arroz blanco recién hecho, y con una cerveza fría y un «comamos juntos» termina por derribar las defensas de Yamada.
En una tarde calurosa de verano, los dos hombres se sientan frente al edificio, mojando pepinos en mayonesa y bebiendo cerveza helada. Son detalles insignificantes, pero poco a poco le devuelven el color a la vida gris de Yamada.

Vecinos de la muerte
En el edificio también viven otros inquilinos excéntricos. Mizoguchi (interpretado por Hidetaka Yoshioka) es un vendedor de lápidas que, siempre de traje y acompañado de su pequeño hijo Yoichi, va de puerta en puerta ofreciendo lápidas rebajadas. Su frase favorita es «nadie vive para siempre», y con un tono sereno introduce el tema de la muerte en cada conversación. Se dice que el departamento más al fondo está encantado: por las noches, el fantasma de una anciana fallecida sale a regar las plantas.
En ese momento, Yamada recibe una noticia: su padre, a quien nunca conoció, ha muerto en una «muerte en soledad» (kodokushi), y sus restos, sin nadie que los reclame, están guardados en la oficina municipal. Un amable funcionario (interpretado por Tasuku Emoto) le explica que cada año quedan sin reclamar las cenizas de muchas personas, que terminan siendo enterradas de forma colectiva.
La muerte de su padre sume a Yamada en una emoción confusa. Abandonado por él desde niño, no siente nada por ese hombre, ni siquiera odio. Pero cuando la urna con las cenizas está frente a él, descubre que no puede simplemente decir que no es asunto suyo.

La noche de Obon
Llega el Obon, la fiesta tradicional japonesa en la que se recibe el regreso de las almas de los difuntos. En el edificio, cada uno recuerda a sus muertos a su manera.
Una noche, Shiori por fin le habla a Yamada de su esposo: enfermó y murió de repente, y ella no tuvo tiempo de prepararse ni de despedirse como hubiera querido. Lo cuenta sonriendo, mientras las lágrimas no dejan de caer. Esa misma noche de fiesta, Shimada también deja entrever el pasado que esconde tras su aparente optimismo: no es que no haya sufrido, simplemente eligió seguir adelante de otra manera.
En la noche de Obon, el edificio junto al río se ilumina con luces tenues. La distancia entre los vivos y los muertos se vuelve, por un instante, muy pequeña. Yamada finalmente decide ir a reclamar las cenizas de su padre.

El final
Yamada regresa al edificio con la urna de su padre en brazos. Mizoguchi aparece justo en ese momento y le pregunta, con toda seriedad, si necesita una lápida. Shimada, por su parte, ha preparado en la entrada una mesa sencilla pero abundante. Shiori llega con su hija, y Kayo pregunta con inocencia qué es eso que Yamada lleva entre los brazos.
Por primera vez, Yamada sonríe frente a todos ellos.
Por fin comprende el significado de «Mukolitta»: una palabra budista que designa un instante brevísimo, un parpadeo de tiempo. Las pequeñas felicidades de la vida —un tazón de arroz blanco recién hecho, un pepino crujiente, una cerveza helada, alguien dispuesto a escucharte— no son más que eso, instantes fugaces. Pero son justamente esos instantes los que hacen soportable la vida.
La vida y la muerte no son polos opuestos. Se entrelazan de forma natural en la cotidianidad del edificio junto al río, como el agua que corre sin parar, llevándose algunas cosas y dejando otras.
