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A corazón abierto

La historia real de un carpintero negro y un cirujano blanco que crearon juntos la cirugía cardíaca: la trama completa de la película A corazón abierto, treinta y cuatro años de colaboración, la barrera racial y un reconocimiento tardío

Título

A corazón abierto

Something the Lord Made

Año / Duración

2004 · 110 minutos

Género

Drama / Biografía

Dirección

Joseph Sargent

Guion

Peter Silverman / Robert Caswell

Calificación

Reparto

Alan Rickman, Yasiin Bey, Gabrielle Union, Kyra Sedgwick, Mary Stuart Masterson

Obra original

Basada en el artículo galardonado de Katie McCabe «Like Something the Lord Made»

Premios

Premios Emmy 2004: Mejor telefilme

A corazón abierto
Thomas en el despacho de Blalock La familia de Thomas La familia de Thomas en la ceremonia Los colegas de Blalock Los jóvenes médicos de la Facultad de Medicina de Johns Hopkins
Aviso de spoilers: Lo que sigue cuenta la trama completa, los giros clave y el final. Puedes saltar por capítulos a la parte que quieras recordar.

Un encuentro en la Gran Depresión

En 1930, el sur de Estados Unidos vive bajo la sombra de la Gran Depresión. El joven Vivien Thomas (interpretado por Yasiin Bey), un carpintero negro de gran talento en Nashville, sueña con ahorrar lo suficiente para ir a la universidad y estudiar medicina. Pero el colapso económico se lleva todos sus ahorros y su trabajo. Sin otra salida, consigue un puesto de conserje de laboratorio en la Facultad de Medicina de la Universidad Vanderbilt, donde hace de todo para un joven cirujano llamado Alfred Blalock (interpretado por Alan Rickman).

El doctor Blalock es un investigador ambicioso que lleva a cabo un estudio experimental sobre el shock quirúrgico. Necesita a alguien que cuide a los perros de laboratorio y limpie el lugar. Pero cuando nota cómo maneja Thomas el instrumental —esas manos, entrenadas por años de carpintería, sorprendentemente firmes y precisas—, comprende que ese «conserje» es mucho más de lo que aparenta.

Blalock empieza a enseñarle a Thomas las operaciones básicas del laboratorio. Thomas aprende con una rapidez extraordinaria: en poco tiempo pasa de medir la presión arterial y aplicar anestesia a los perros de prueba a realizar suturas quirúrgicas complejas por su cuenta, dominando en meses habilidades que a muchos estudiantes de medicina les toma años adquirir. Blalock queda atónito: no está formando a un ayudante, está trabajando junto a un genio.

Thomas en el despacho de Blalock

Un compañero sin reconocimiento

El problema es que estamos en el sur de Estados Unidos de los años treinta. La segregación racial lo impregna todo. Aunque Thomas realiza en el laboratorio el mismo trabajo que cualquier investigador, en su nómina figura como «conserje» —porque la Universidad Vanderbilt no permite que un hombre negro ocupe un puesto técnico—. No puede entrar por la puerta principal del hospital, no puede comer en los restaurantes de blancos, no puede usar los baños de blancos. Fuera del laboratorio es solo un peón negro; dentro de él, es la mano derecha imprescindible de Blalock.

Blalock es plenamente consciente de esto, pero opta por el silencio. En privado depende por completo de Thomas, pero nunca lo defiende en público ni le consigue el reconocimiento ni el salario que merece. Esta relación contradictoria —a la vez socios y patrón-empleado, amigos y separados por un abismo racial infranqueable— se convierte en la tensión central de más de tres décadas de colaboración entre ambos.

Clara (interpretada por Gabrielle Union), la esposa de Thomas, siente rabia e impotencia ante la situación de su marido. Ve cómo, día tras día, él entrega su talento y su esfuerzo a Blalock sin recibir a cambio ni siquiera un título digno.

La familia de Thomas

Johns Hopkins y el síndrome del bebé azul

En 1941, Blalock es nombrado jefe de cirugía del Hospital de la Universidad Johns Hopkins. Insiste en llevarse a Thomas con él. Los dos se trasladan de Nashville a Baltimore.

En Johns Hopkins, Blalock conoce a la cardióloga pediátrica Helen Taussig (interpretada por Mary Stuart Masterson). Taussig le propone una idea audaz: tratar mediante cirugía la tetralogía de Fallot, un defecto cardíaco congénito que, al impedir que la sangre reciba suficiente oxígeno, tiñe de azul la piel de los bebés que la padecen, conocidos como «bebés azules». En aquella época, el síndrome del bebé azul es una sentencia de muerte: la mayoría de los niños afectados no llega a cumplir unos pocos años.

En ese momento, la idea suena a locura. El corazón siempre se ha considerado territorio prohibido para la cirugía —nadie se atreve a abrir un corazón que todavía late—. Pero el reto fascina a Blalock, que le encarga la tarea a Thomas: desarrollar en perros de laboratorio una técnica quirúrgica que conecte la arteria subclavia con la arteria pulmonar, aumentando el flujo de sangre hacia los pulmones y, con ello, el nivel de oxígeno.

Thomas trabaja sin descanso en el laboratorio, día y noche. Practica una y otra vez la sutura de vasos sanguíneos con perros callejeros recogidos en la perrera municipal. Esos vasos son finos como cabellos y cada punto debe ser perfecto. Tras innumerables fracasos y ajustes, Thomas por fin lo logra: los perros operados sobreviven y su nivel de oxígeno en sangre mejora de forma notable.

La familia de Thomas en la ceremonia

La primera cirugía de bebé azul

El 29 de noviembre de 1944 está a punto de realizarse la primera cirugía de bebé azul. La paciente es una niña llamada Eileen Saxon, cuya piel presenta un espantoso tono azul violáceo por la falta de oxígeno; su vida puede terminar en cualquier momento.

El día de la operación, Blalock se coloca frente a la mesa de quirófano, pero exige que Thomas también esté presente. Thomas es llamado a entrar al quirófano —un hombre negro en medio de un equipo quirúrgico completamente blanco, algo casi impensable en esa época—. Thomas se sitúa en un escalón detrás de Blalock y lo guía paso a paso durante toda la intervención, porque en el laboratorio ha sido él, y no Blalock, quien ha practicado esta cirugía cientos de veces.

La operación es un éxito. En el instante en que se completa la sutura y la sangre vuelve a circular, los labios amoratados de la pequeña Eileen se tornan poco a poco rosados. Todos en el quirófano contienen la respiración, y después estalla un clamor de alegría.

La cirugía conmociona a toda la comunidad médica. Padres de bebés azules de todo el país acuden a Johns Hopkins, suplicando a Blalock que salve a sus hijos. Blalock y Thomas realizan una operación tras otra, arrebatándole a la muerte la vida de cientos de niños. Así nace la cirugía cardíaca.

Los colegas de Blalock

Gloria e invisibilidad

Con el éxito de la cirugía del bebé azul, Blalock se convierte en una estrella de la medicina. Los honores y premios no dejan de llegar. Lo invitan a dar conferencias en congresos médicos de todo el país y su nombre aparece en todos los libros de texto de medicina.

¿Y Thomas? Sigue siendo, en el laboratorio, ese «técnico» sin título oficial. En una gran cena para celebrar los logros de Blalock, Thomas también está presente, pero no como invitado, sino como el barman. De pie tras la barra, vestido con uniforme de camarero, observa a los médicos brindar por el milagro que él ayudó a crear, sin que nadie mencione su nombre.

En su discurso, Blalock agradece a todos —colegas, enfermeras, la dirección del hospital— menos a Thomas.

En ese momento, el dolor y la humillación de Thomas llegan a su punto máximo. Llega a plantearse renunciar. Su esposa apoya su decisión: la dignidad de una persona no debería pisotearse así. Pero, al final, Thomas regresa. No porque haya perdonado a Blalock, sino porque los bebés azules que aún esperan su operación le importan más que su propio agravio.

El reconocimiento treinta y cuatro años después

Blalock muere en 1964. En la última etapa de su vida, por fin empieza a reconocer públicamente la contribución de Thomas, pero todo parece llegar demasiado tarde.

Tras la muerte de Blalock, Thomas continúa trabajando en Johns Hopkins. Pasa de ser «técnico de laboratorio» a convertirse, en la práctica, en mentor quirúrgico: durante décadas, incontables jóvenes que más tarde llegarían a ser destacados cirujanos cardíacos aprenden a operar bajo su tutela directa. Lo llaman cariñosamente «el profesor», aunque ni siquiera tiene un título universitario.

En 1976, la Universidad Johns Hopkins toma por fin una decisión que llega con más de treinta años de retraso: otorgarle a Vivien Thomas un doctorado honorario.

En la ceremonia de investidura, un Thomas ya mayor se pone la toga de doctor. Su retrato se cuelga en las paredes de Johns Hopkins, justo al lado del de Blalock. Treinta y cuatro años después, una sombra que se mantuvo detrás de la mesa de operaciones llega por fin a la luz.

Los jóvenes médicos de la Facultad de Medicina de Johns Hopkins

El final

Terminada la ceremonia, todos se marchan. Thomas se queda solo en el pasillo, contemplando el retrato de Blalock en la pared. Dos hombres —uno blanco, uno negro; uno recordado, el otro olvidado— cambiaron juntos la historia de la medicina. Una lágrima resbala por el rostro de Thomas.

Al final, unos rótulos informan al espectador: Vivien Thomas trabajó treinta y cinco años en la Universidad Johns Hopkins y formó a varias generaciones de cirujanos cardíacos. Murió en 1985. La derivación de Blalock-Taussig sigue siendo hoy uno de los procedimientos quirúrgicos más importantes para tratar cardiopatías congénitas, y el verdadero inventor de esta técnica —Vivien Thomas— solo fue reconocido por el mundo muchos años después de su muerte.