Lazos de familia
Una furgoneta que no compra una vida propia: recorrido completo por el modo en que el reparto a destajo, el trabajo de cuidados sin horas garantizadas y las deudas van asfixiando a una familia de Newcastle en Lazos de familia
Título
Lazos de familia
Sorry We Missed You
Año / Duración
2019 · 101 minutos
Género
Drama / Familia
Dirección
Ken Loach
Guion
Paul Laverty
Calificación
Reparto
Kris Hitchen (como Ricky Turner), Debbie Honeywood (como Abby Turner), Rhys Stone (como Seb Turner), Katie Proctor (como Liza Jane Turner), Ross Brewster (como Maloney)
Premios
10.ª edición de los Premios Magritte: Mejor película extranjera en coproducción; 13.ª edición de los Premios Gaudí: Mejor película europea
Lazos de familia está dirigida por Ken Loach y escrita por Paul Laverty, con Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Rhys Stone, Katie Proctor y Ross Brewster en los papeles principales. La película se estrenó el 16 de mayo de 2019 en el Festival de Cannes y llegó a los cines británicos el 1 de noviembre del mismo año, con una duración de 101 minutos.
Hasta el 2 de septiembre de 2026, la película tiene una calificación de 7.6 en IMDb, con unos 28 400 votos; en Rotten Tomatoes, el 88 % de las 157 reseñas profesionales es positivo y el índice de audiencia (Popcornmeter) llega al 82 %, sobre más de 100 valoraciones. Los tres indicadores se ubican en un rango alto y la respuesta general es positiva.
La furgoneta como oportunidad de salir adelante
Después de la crisis financiera de 2008, Ricky Turner pierde su empleo en la construcción y con él se cae el crédito hipotecario que la familia ya tenía apalabrado. Desde entonces encadena trabajos temporales y vive con su esposa Abby, su hijo Seb, de quince años, y su hija Liza Jane, de once, en una casa alquilada de Newcastle, todavía endeudado pero decidido a juntar el pago inicial de la próxima casa.
Su amigo Henry lo recomienda en una estación de reparto de paquetes. Maloney, el encargado del centro, le explica que los conductores no son empleados de la empresa, sino que prestan un servicio como «franquiciados por cuenta propia»: sin sueldo ni contrato laboral, con ingresos que se liquidan por ruta y con la furgoneta, los suplentes y cualquier pérdida del trabajo a cargo del propio conductor. Ricky ve en ese arreglo la oportunidad de dejar atrás los empleos ocasionales y acepta el modelo de negocio autónomo que le describe Maloney.

Alquilar una furgoneta de la empresa cuesta demasiado por día, así que Ricky decide comprarse la suya. Como él y Abby ya no tienen ahorros disponibles, la única salida es vender el auto familiar que ella necesita para trabajar y reunir así el pago inicial de la furgoneta. A Abby le preocupa que Ricky reparta seis días a la semana y muchas horas diarias, y también no poder llegar a tiempo a las casas de las personas que cuida, repartidas por toda la ciudad, pero al final acepta vender el auto con la esperanza de que esa inversión saque poco a poco a la familia del alquiler y de las deudas.

Dos empleos precarios que devoran el tiempo de la familia
Al empezar, Ricky recibe un escáner de mano. Desde que un paquete queda registrado en la furgoneta, la responsabilidad del transporte recae en él; el aparato planifica la ruta, registra su ubicación y avisa sin descanso de los envíos con horario límite. Las direcciones equivocadas, las restricciones de estacionamiento, los destinatarios ausentes o sin identificación lo retrasan, pero la ruta no deja margen para nada de eso. Ricky ni siquiera tiene tiempo de ir al baño y termina cargando una botella vacía en la furgoneta. Al principio cumple a fuerza de acelerar el ritmo, y Maloney le asigna una ruta mejor pagada, con más entregas a horario fijo.
Abby trabaja como cuidadora a domicilio: ayuda a personas mayores y con discapacidad a levantarse, comer, bañarse y acostarse. Sin el auto, se mueve entre una dirección y otra en autobús y paga ella misma los pasajes; la empresa remunera únicamente cada visita, de modo que ni los traslados ni el tiempo extra de cuidado se pagan. Prepara comida para una anciana asustada, asea a clientes que no pueden moverse y se queda a resolver imprevistos cuando el horario no alcanza. Como no está dispuesta a dejar sola a una persona que la necesita, pierde a menudo el autobús o llega tarde a la siguiente cita.

El matrimonio sale muy temprano y vuelve muy tarde, así que solo por teléfono logra organizar que los hijos se levanten, coman y hagan la tarea. Liza va asumiendo la tarea de despertar a su hermano para la escuela, preparar comidas sencillas y recordarles a sus padres que descansen; Abby, mientras corre de una casa a otra, atiende los avisos del colegio sobre las faltas de Seb.

De vez en cuando la familia recupera en la mesa el ambiente distendido de antes. Pero un sábado, apenas empezada la cena, Abby recibe una llamada de auxilio: Mollie, una de las personas mayores que cuida, volvió de una boda y la cuidadora asignada nunca llegó, así que lleva horas sentada sola, sin poder ir al baño ni acostarse. La reunión familiar queda otra vez interrumpida por el trabajo.

Padre e hija en la ruta y un breve reencuentro
Un fin de semana, Liza acompaña a Ricky en el reparto. Aprende enseguida a usar el escáner, a llenar las tarjetas que se dejan cuando no hay nadie que reciba y ayuda a su padre a cerrar una entrega antes de que venza el horario límite. En el camino se topan con direcciones imposibles de encontrar, con gente que se niega a recibir el paquete del vecino y con perros que vigilan los patios, pero ese día también les devuelve un rato juntos. En una parada para descansar, Ricky le promete que volverá a llevarla en la furgoneta.

Esa misma noche, tras la llamada de auxilio de Mollie, Seb propone que todos se apretujen en la furgoneta para llevar a Abby. Los cuatro cantan durante el trayecto; al llegar, Abby baña a Mollie y la deja instalada mientras los demás esperan en el vehículo. Ese viaje compartido no cambia en nada las reglas de los dos trabajos, pero le da a la familia un rato en común poco frecuente en medio de una separación constante.
Seb falta a clases y lo suspenden
Seb rechaza cada vez más la escuela y sale con sus amigos en horario de clases. Dibuja bien y pinta grafitis con ellos en muros y anuncios de la ciudad; incluso vende la ropa de invierno que sus padres le compraron para pagarse las pinturas. Cuando Ricky y Abby se enteran de que lleva mucho tiempo faltando, intentan convencerlo de que siga estudiando, pero Seb les responde con el ejemplo de su padre, que trabaja catorce horas diarias y aun así no consigue cambiar su situación. La discusión entre padre e hijo pasa de los estudios al trabajo y a la familia.

Poco después, Seb se pelea en la escuela y el profesor que intenta separarlos también resulta herido. El muchacho esconde la notificación que envía el colegio, y sus padres solo se enteran, cuando la escuela los apura a último momento, de que esa noche hay una reunión con el director, el personal de bienestar escolar y el responsable del curso. Ricky no consigue un suplente de inmediato y tiene que terminar primero su ruta; cuando llega a la escuela, la reunión ya terminó. A Seb lo suspenden catorce días y debe completar su aprendizaje en línea desde la casa.

Ricky le reprocha a Abby no haber peleado en la reunión para que Seb siguiera estudiando en la escuela, y ella le recuerda que se pasa el día en autobús porque no tiene auto y que él tampoco apareció a tiempo. Por primera vez descargan uno en el otro el cansancio acumulado durante meses, y Seb y Liza escuchan la pelea. Más tarde, Ricky le pide a Maloney unos días libres para resolver los problemas de la familia, pero Maloney solo le dice que se busque un suplente por su cuenta y le aclara que, si no hay nadie que lo reemplace, se le cobrará una multa por cada día.
El robo en la tienda y la advertencia policial
Durante la suspensión, Seb toma tres latas de pintura en aerosol de una tienda y la policía lo detiene. Abby está atendiendo a un cliente y no puede contestar el teléfono; a Ricky no le queda más remedio que interrumpir el reparto, devolver al almacén los paquetes sin entregar e ir a la comisaría a acompañar a su hijo. Maloney le anota en el acto la multa y la sanción. Como Seb admite lo que hizo, el policía no tramita el episodio como una condena, sino que le impone una advertencia formal y le explica que ese antecedente se tendrá en cuenta si vuelve a meterse en problemas.

Ya en casa, Ricky calcula lo que le costaron ese día el suplente, las horas perdidas y la sanción de la empresa, le exige a Seb que vuelva a la escuela y le quita el teléfono. Seb se abalanza para recuperarlo y solo el cuerpo de Abby entre los dos impide que el enfrentamiento vaya a más. Cuando Seb se va de la casa, el matrimonio vuelve a discutir sobre cómo educar a los hijos. Liza se asusta y esa noche vuelve a mojar la cama. Ricky y Abby se calman y deciden devolverle el teléfono a Seb y buscar la manera de seguir hablando con él.

Las llaves perdidas y una acusación equivocada
Esa misma noche Seb regresa a la casa, tapa con aerosol varios retratos familiares colgados en la pared y vuelve a marcharse. A la mañana siguiente Ricky no encuentra las llaves de la furgoneta y da por hecho que su hijo se las llevó por venganza. No llega a tiempo a la estación y Maloney le apunta otra multa y otra sanción. Ricky va a buscar a Seb para reclamarle las llaves, la discusión se les escapa de las manos y termina golpeando a su hijo; Seb sigue insistiendo en que no las tomó y luego se va a dormir a casa de un amigo.

Liza llama por teléfono a su padre para que vuelva a casa y después les confiesa a sus padres que fue ella quien escondió las llaves. Oyó a Seb pintar los retratos, pero no llegó a tiempo para impedir que su hermano se fuera; pensó que, si su padre no podía seguir repartiendo, Seb volvería y la familia sería otra vez la de antes. Solo entonces entiende Ricky que culpó a su hijo injustamente. Abby confirma que el muchacho está por ahora en casa de un amigo y Ricky se dispone a pedirle perdón, pero el daño de ese día ya está hecho.
El asalto y la sala de urgencias
Mientras sigue repartiendo, un grupo de desconocidos asalta a Ricky junto a la furgoneta. Le arrebatan la bolsa con los paquetes de teléfonos, lo golpean, destrozan el escáner y le vacían encima la botella de orina que encuentran en el vehículo. Con heridas en la cara, las costillas y las manos, lo llevan a la sala de urgencias de un hospital a esperar los exámenes. Al enterarse, Seb se queda sin palabras; Abby corre al hospital a acompañar a su marido y Liza queda al cuidado de otra persona.

Mientras esperan el resultado de la radiografía, llama Maloney. La mayor parte de la mercancía robada está asegurada, pero la pérdida de dos pasaportes corre por cuenta de Ricky, igual que el escáner destrozado; acto seguido, Maloney le pregunta si ya tiene un suplente para el día siguiente. Abby le quita el teléfono y le reclama a la empresa por qué es el conductor, que trabaja jornadas interminables, quien carga con todo el riesgo. Después de que ella se derrumba, Ricky decide no esperar los resultados y volver al día siguiente. Ya en casa, Seb le pregunta a su padre si quiere agua o té, y padre e hijo recuperan por un momento la conversación.
El final
A las seis y media de la mañana siguiente, con las heridas aún sin curar y un solo ojo que puede abrir con normalidad, Ricky se sienta al volante de la furgoneta. Ante la insistencia de Seb, primero dice que va al hospital a recoger los resultados y después admite que igual irá a la estación de reparto. Le explica que la familia ya debe varios miles de libras y que además tiene que responder por las multas de la empresa; si deja de trabajar, pueden quedarse incluso sin un techo.
Seb, de pie junto a la furgoneta, le pide una y otra vez que se baje y le advierte que en ese estado puede tener un accidente en la carretera. Abby y Liza también llegan a impedírselo. Ricky llora y al mismo tiempo insiste en que no tiene otra salida, hasta que finalmente arranca y se va. La película termina con las voces de la familia rogándole que no vaya a trabajar, y ni las deudas ni las heridas ni la relación laboral quedan resueltas.
